25 mar 2010
Resignación dilatada
18 mar 2010
De pronto, los armarios no pueden esperar al orden
Siempre me pasa lo mismo. Cuando me obligo a escribir, no me salen las palabras. Aplazo mis deberes. Alargo la espera hasta cumplir con la obligación con pasatiempos absurdos, cosas que nunca haría si no fueran la excusa para driblar una tarea pendiente. Lo más incomprensible es que son cosas impuestas por mí. En teoría, el hecho de que uno mismo escoja qué hacer y qué no, y cuándo, debería proporcionar relajación. Pero esta libertad se vuelve en angustia, siempre, en los instantes previos a saciar mi compromiso con una cruz en el calendario. La cama deshecha y yo sentada frente al portátil. A menudo echo de menos la imaginación y las ideas desordenadas, contradictorias y provocativas de la adolescencia, que me llevaban a escribir textos sin sentido pero con una sonoridad ingeniosa. Pues bien, parece que sólo alimento esta imaginación en los instantes previos a la realización de la tarea, porque se me ocurren mil y una cosas que poder hacer antes que enfrentarme a la pantalla, a mis capacidades. Temo que mi estabilidad emocional haya ido en detrimento de las ideas. La cama desecha, yo sentada frente al portátil, suena una canción cantada con voz rasgada, el ventilador levantando revistas y papeles, también sobre la cama; la taza de té vacía, se me han acabado las cosas de picar –pienso-, las bocinas de la calle a lo lejos, y me da la sensación de que me pesan las gafas, como si estuvieran hechas de plomo y las hubiera llevado durante días.
Después de unos minutos, creo que ya he superado esa angustia del pre- algo. Ya he roto el hielo. Le he perdido el respeto al teclado, a mis críticas y a las de los demás. Es el momento de cumplir con mi obligación, engañándome a mí misma y haciéndome creer que no estoy haciendo una tarea sino dejándome llevar. Ahora es una locura premeditada (con la taza llena, algo de picar, y el volumen de la música bajado al mínimo nivel).
17 mar 2010
This is India (y 2, esperemos)
Para superar la polémica, Mayawati ha vuelto hoy a hacer una aparición pública con una nueva boa en otro mítin, para decir a la India que aún la puede tener más larga -la guirnalda, no la... vergüenza, digamos vergüenza-.
No me vale lo de que es un regalo. No me vale. Y menos siendo una gobernante, una representante de la ciudadanía.
Qué horror, qué mal gusto. Encima refrenda su 'savoir faire'. Regocijándose, con otra guirnaldita de la que le ha hecho entrega el partido. Aunque bueno, no sé qué se puede esperar de alguien que, por norma, va por ahí aceptando regalos cuyo presupuesto viene de ir recolectando rupia por rupia de los bolsillos vacíos de Uttar.
¿Pero quién se cree que es? Y ya, fuera de abstracciones y volviendo al mundo real, ¿quién se cree que la vota?
16 mar 2010
This is India
Esta guirnalda es más asquerosa que la boa que parece. Quien lo lleva es Mayawati, la principal líder política de los dalit, conocidos como ‘intocables’ dentro del sistema de castas indio y marginados hasta el punto de que la gente evitaba el contacto con sus sombras, antaño. Mayawati, que gobierna la mayor región del país -Uttar-, presidió ayer un mítin para celebrar los 25 años de su partido, el Bahujan Samaj Party. No se le ocurrió mejor manera de hacerlo que salir a saludar a la minoría a la que representa –pobres, despreciados, maltratados- con una guirnalda de varios metros de largo hecha con billetes de 1.000 rupias (unos 16 euros). Qué falta de elegancia… lo peor es que su escena con el gusano ha obligado a suspender la sesión parlamentaria india en dos ocasiones debido al enfado de decenas de diputados de la región, que pedían debatir el asunto pese a que no estaba en el orden del día.
La líder ‘intocable’, imputada por la desaparición de 44 millones -en este caso no de rupias, sino de dólares- en un proyecto de infraestructuras, centra sus discursos en la "justicia social". Y eso es todo. This is India.
10 mar 2010
Con qué alegría...
He acabado “Semillas mágicas”, escrita por el premio Nobel de Literatura V.S Naipul, sobre un movimiento de liberación de la India. El tormento interior de su protagonista, Willie, se me hizo insoportable las primeras 200 páginas. Soporífero. Sentía la angustia del personaje, embaucado por el activismo como salida a una vida sin motivación, implicación, ni compromiso social.
En sus momentos de lucidez, Willie se da cuenta de que está amarrado a una causa perdida, que además no es la suya. Llega a esta conclusión al advertir que mató a personas inocentes y no le suscitó inquietud moral hasta meses después de su acción.
Las últimas 100 páginas, en cambio, se centran más en ridiculizar a otro personaje. Y aunque nadie quiera el mal para los demás, la sensación es de alivio.
Ahora toca la “La ciudad de la alegría”, de Dominique Lapierre, que tratará sobre una barriada de Calcuta. Parece que son relatos duros pero que transmiten confianza en el ser humano. No como “Semillas mágicas”.
Aunque el libro de Lapierre me lo compré con ilusión, las primeras páginas me han decepcionado mucho. Creo que la culpa es de la edición tan horrenda con la que me he hecho. Hay que decir que no me gasté ni 200 rupias en él, pero claro, es que los billetes a Calcuta para dentro de un par de semanas, también comprados con ilusión, me han costado bastante más. Total: 525 páginas en un papel feísimo, cuya mancha está borrosa y la tipografía es enana. Ni una página de cortesía entre portada y el inicio del texto… que para colmo no es inicio de la novela, sino carta del autor que empieza con un “Dear reader” bastante pretencioso, y que acaba haciéndote saber los millones de dólares que ha destinado a proyectos humanitarios. Después de las medallas –ya juzgaré si merecidas o no cuando consiga acabar este montón de hojas encoladas-, vienen titulares de la prensa internacional alabando la obra. Y, para colmo, cuando llegas al final de la página habiendo leído cosas como “made me cry”, “must be read by millions”, “joyous journalism” o “great lessons of resilience and dignity”, hay un pie que te indica que no ha sido suficiente –“more…”- para que continúes asombrándote en las siguiente seis páginas -¡seis!-.
Después de esto, no he podido evitar cotillear y saltar al epílogo de la página 498, donde el autor expone que las condiciones de vida de los habitantes de la Ciudad de la Alegría han mejorado de forma evidente desde su relato de los hechos. Y por no mnecionar la nota del autor antes del inicio de la novela, ni, por supuesto, la del final: “When I left it –Calcutta- two years later with some twenty pads full of notes and hundreds of hours of tape, I knew I had the material for the best book of my career”.
Pues cuando pensaba que el cachondeo no podía ser mayor, me he encontrado con un apéndice que señala en 18 puntos los proyectos impulsados por el altruista escritor para combatir la pobreza en iniciados en Calcuta y en el delta del Ganges. Y, no siendo suficiente, se adjunta una entrevista de 10 páginas a Dominique Lapierre sobre su último libro “A thousand suns” –seguro respuestas de lo más improvisadas y sinceras-. La verdad es que, en este punto, ya me ha sorprendido de que sólo fueran dos las páginas de agradecimientos.
Creo que han sido las menos de 200 rupias mejor invertidas porque muy poco dinero ha suscitado una gran reacción en mí, ¡y eso que todavía no he empezado la novela! Igual habría sido mejor idea ver la película…
7 mar 2010
Cielos míos
6 mar 2010
Con los ojos tan abiertos no se ve nada
Este país requiere energía. No se puede salir de casa con legañas en los ojos porque, si no, se te come dormido. Estos últimos días, no obstante, he notado que la dosis extra de concentración parece que sólo la requieren los extranjeros. Aquí van tres situaciones que apoyan mi teoría:
1) La ida en tren a Haridwar se vio impedida por una serie de imprevistos a las 5 de la mañana (imprevistos que aquí vienen de serie), así que coche y conductor pareció ser la mejor solución. Lo que tenía que ser un viaje apacible se convirtió en una tortura para mis cervicales, que acusaron la tensión de las seis horas que duró. A la media hora de viaje dijimos al conductor si podía parar en un baño occidental. Al cabo de cinco minutos, vimos que tomaba un desvío a la izquierda y se metía por un camino de tierra. Después de un cuarto de hora, paró en medio del camino, nos abrió la puerta del coche y nos señaló el campo al lado derecho del camino a la vez que confirmó entre risas nuestra petición: “western bathroom”. Qué cachondo. El caso es que lo que pensábamos que era un desvío para ir al baño, era, en realidad, la vía que nos acompañaría las horas siguientes. Juro que ese camino no tenía más de seis metros de ancho, por supuesto nada de arcén, agua a un lado, un bosque en pendiente descendente al otro, y todas las irregularidades habidas y por haber para impedir un carretera lisa… pero eso no impedía que el carro con paja tirado por un mulo fuera adelantado por una moto, que a la vez era adelantada por un triciclo, éste por nuestro coche, y el nuestro por un todo terreno... y mientras, de cara, venía un camión… Mucha tensión. No obstante, al cabo de horas, acabé relajándome, más que nada por el cansancio que acumulé con los ojos tan abiertos y el “ai al cor” a flor de piel. Lo que me hizo volver a poner la mirada en el camino fue que nuestro conductor dejó de pitar. El silencio de su bocina interrumpió la estabilidad del ruido. Puse los ojos en el conductor y estaba dormido. Como pude, me abalancé sobre el volante mientras le pegaba un chillido y le decía que parase el coche. Los cinco segundos que pasaron entre la instrucción y finalmente el motor parado se me hicieron eternos. Unos minutos de aire fresco después, y todos ya recuperados, reprendimos el viaje. No sin un par más de caídas de cabeza del conductor, llegamos a Rishikesh, donde el prodigio del volante nos explicó que llevaba cuatro días durmiendo una hora cada noche, porque tenía que trabajar… entre risas nos dijo: "Boss… jewelery". queriendo decir que su jefe estaba forrado y que él, en cambio, se tenía que ganar su comisión… Lo dijo tranquilo, como si eso no le quitara el sueño.
2) "Sleeper class" en tren de vuelta de Haridwar a Delhi. Ocho literas en cada uno de los compartimentos abiertos. De 00:40 a 05:30. Ambiente cargado. No había quién pegara ojo. Un sij de dos por dos que roncaba de forma exagerada en la litera de abajo. El revisor que encendía y apagaba la luz cada dos por tres. Vigila la mochila. El traca-traca del tren. La ruidosa parada en la estaciones… De nuevo, indios dormidos, extranjeros con insomnio.
3) Un día después, ya en Delhi, cogí un rickshaw de la parte vieja al trabajo. En un semáforo (los pocos que hay aquí duran varios minutos), el conductor se quedó dormido apoyado en el manillar. Al ponerse verde, desperté al ‘bhaisab’ y proseguimos el viaje, no sin mi atenta mirada a través de su retrovisor, para controlar con qué velocidad caían sus párpados.
*Aviso: el relato está basado en hechos reales. Sólo un detalle ha sido alterado con el objetivo de crear una narración uniforme. Se trata de la parte en la que yo no duermo nada en la litera del tren. Dormí. Y la mar de a gusto. Debe ser que ya no necesito estar tan atenta, que ya no soy ni tanto de fuera ni tan poco de aquí.


