A 43 grados es complicado ir por la calle igual de tapado que en invierno. Aunque en realidad, a principios de año, que hacía fresco, ya se sentía una observada. Te decían: “Es que eres extranjera. Y claro, encima tan blanquita… pues te miran”. Con el tiempo, sabes que detrás del ser “blanquita” se esconde la visión que se tiene de los occidentales: promiscuos, banales, poco espirituales, inferiores. Y eso –lo de ser promiscuo, claro- despierta curiosidad. Pero resulta que también las indias sufren las miradas y el acoso, y seguramente son víctimas de más juicios, porque ellas no tienen la excusa de ser extranjera y que se lo perdonen casi todo. “I never ask for it”, colgaron las indias hace poco como estado en sus cuentas de Facebook. Era una campaña de la plataforma Blank Noise, en contra el acoso verbal y no verbal que sufren las mujeres, por su forma de vestir. Pues que no provoquen, tienen que escuchar a menudo. En Calcuta, un grupo de universitarias decidieron salir a la calle con las dupatas, saris, uniformes de escuela… que llevaban en el momento en que fueron acosadas. Las pasearon en perchas, en una especie de pequeña manifestación, y las extendieron por las aceras. El problema fue que tuvieron que avisar a la gente de que se trataba de una reivindicación, no de un mercadillo. La falta de práctica.
Como anexo, la declaración de Mulayam Singh Yadav, del Samajwadi Party, sobre la cuota reservada para mujeres en el Parlamento indio, como medida de discriminación positiva: “If the women’s reservation bill were to be passed in its existing form, it would result in flooding the parliament and state legislatures with wives of government officials and women connected with big industrial houses, thereby provoking young men to indulge in eve-teasing”.
El domingo pensaba ir a una charla de Fatima Bhutto, sobrina de la asesinada Benazir, también del fallecido en extrañas circunstancias Shahnawaz, e hija del tiroteado Muratza. Quería ir porque me parecía interesante y porque esperaba que su charla sobre la política dinástica consiguiera dar respuestas a algunas de mis preguntas, dado que me encontraba leyendo –y todavía me encuentro- el capítulo cinco del libro sobre la India “In spite of the gods”: “Long live the sycophants! The congress Party’s continuing love affair with the Nehru-Gandhi dynasty”. La India y Pakistán, pese a su rivalidad y diferencias, tienen alguna que otra cosa que comparten.
Además, por qué no admitirlo, tenía la curiosidad típica que despierta un culebrón: quería ver cómo era la rebelde de los Bhutto, la que no se puede ver con sus primos –ni con Bilawal, el actual líder del Partido Popular de Pakistán-, la que decía que Benazir Bhutto estaba bien como tía pero fatal como primera ministra paquistaní, y la que ha acusado al presidenteAsif Ali Zardari -padre de Bilawal, viudo de Benazir- de haber sido responsable del asesinato de su padre. No está mal, ¿no?
Fui, vi, y aprendí algunas cosas.
Tengo que decir que, aunque comparto algunas opiniones de Fatima Bhutto, me dio la sensación de que su actitud transgresora respecto a su familia la ha hecho creer contar con una superioridad moral. No sabría decir cuánto es de real y cuánto es de pose intelectual, una reacción comprensible del escritor que quiere vender su nuevo libro, por otra parte. Esta foto que acompaña al texto está hecha rápida, como para no molestar al público asistente. Pero hay que decir que el gesto congelado de ella, altiva, –captado fatal y a medias- lo repitió varias veces. Respondió a las preguntas con cinismo, dando cortes, haciendo juegos de palabras pero sin argumentar… Se le perdona porque antes de la charla había dado demasiadas respuestas en entrevistas con la prensa, por la presentación de su libro “Songs of blood and sword”. Y quién sabe si el pasado puede hacerle a uno cínico: En su adolescencia, tras conocer el asesinato de su padre, se dice que llamó a Zardari preguntándole si sabía qué había pasado, y él le respondió con un escupitajo irónico, algo así como: “Ah… ¿no lo sabes? Lo han matado a tiros”. Zardari estuvo encarcelado un tiempo, cumpliendo condena por corrupción y por inducción al asesinato de un miembro de su familia, pero en la actualidad no tiene cargos.
Y después de la telenovela, pasamos a lo que vamos: La filosofía de Fatima es rechazar convertirse en heredera política, dar paso a las nuevas generaciones, poder decir lo que piensa desde su profesión como escritora, luchar por los partidos democráticos, y distanciarse de la corrupción y asesinatos que han envuelto a su familia. Lamentablemente, los Gandhi también tiene un poco de todo esto, aunque sin una Fatima.
Todavía no estoy preparada para hacer disertaciones sobre el lado facha de Gandhi. Pero en este tiempo por aquí he podido entender el caos de algunos temas sociales, menos de manual y más de observar. Hay veces que los asumes. Pero hay otras que pataleas y chocas contras muros.
Este es un fragmento de un email a mi mejor amigo, sobre el malestar que yo sentía justo cuando hacía tres meses de mi llegada a la India. Y no malestar personal. Creo que eran mis primeras lágrimas por un colectivo, por millones de personas. Como cuando lloras de rabia, que no quieres hacerlo pero la indignación sale en estado líquido en vez de con palabras coherentes:
“Suposo que ajuda veure la merda de món d'aquí, que et fa dubtar de tot el teu món. No sé, és molt bèstia veure com la gent realment sobreviu dia rere dia i és molt frustrant saber que no pots fer res. Et fa desconfiar de com es mouen les coses, perquè si realment predominés el ‘bé’ sobre el ‘mal’, les coses no anirien així. No sé, només volia explicar-te que estic baixa d'ànims, que això és més dur del que t'explico i que em planteja moltes qüestions morals. I que això, encara que no és el meu món, ni la meva ciutat, ni res, afecta, perquè fa molta pena veure el patiment, l’hostilitat i la poca humanitat”.
Los residentes en la India no indios dicen que, cada tres meses, hay que salir del país para despejarse un poco. Hablan de ello como algo habitual. “¿A dónde vas para tu parón?”. Se da por supuesto, está extendido. Y da igual que sea sólo un fin de semana, tres días… No entendía muy bien qué diferencia había en cruzar una frontera o no cruzarla. Bueno. Pues creo que ya sé a qué se refieren. Buscan la medicina contra la saturación. Insensibilizarse en el país que alardea de su espiritualidad.
Todavía queda un largo camino por recorrer (Calcuta)
Acabar la jornada laboral en un comisaría a las afueras de Delhi fue, al principio, tenso; cuando ya se resolvió todo, una aventura; y durante todo el proceso, indignante. Con alguna licencia poética añadida, este es el relato de los hechos –que no la explicación, porque no la hay- incluido en la denuncia que presenté en la comisaría.
El conductor de la oficina y yo fuimos a un barrio donde creíamos que podíamos encontrar montañas del llamado e-waste, basura electrónica que se acumula a las afueras de las ciudades y para la que no existe una estructura organizada de reciclaje en la India (licencia de blog: sin mencionar que la India es un gran productor de tecnología y que, encima, importa este tipo de deshechos de países como Estados Unidos, que los envían en forma de material caritativo).
Aparecimos en una calle donde en tenderetes vendían piezas sueltas: carcasas de torres de ordenador, cables, móviles… Saco la cámara para tomar una imagen de la calle y el vendedor de una de las tiendas sale escopeteado a decirme que no, que no y que no. En inglés muy básico -para que me entienda- me identifico, le explico para quién trabajo y le digo –con muy buenas palabras- que tengo permiso del Gobierno. Sigue diciéndome que no y, renunciando a mi derecho a la información, opto por ser prudente y le digo al conductor que nos vayamos a otra zona, para cuando ya nos rodeaban con toda seguridad más de 150 personas. Todas gritándonos que no. Me cogen la cámara, el micrófono. Me empujan. Los recupero de un estirón y le vuelvo a decir al conductor que nos intentemos ir. Me mira y me dice que no puede. Lo agarran por los brazos y no le dejan ir. Intento hablar con el vendedor que ha montado el follón: “You tell me no Photo. Ok, no photo. So we go. What's the problem?”. Llama a la policía y nos dice que hasta que no vengan, no nos movemos de ahí. Estamos rodeados, y entre toda esta tensión, por la violencia, por la inseguridad, por no saber cómo resolver sin palabras el conflicto salido de la nada… cortocircuito: ¡Quien tendría que llamar a la policía soy yo!
Esperamos a que lleguen los dos agentes. Como era de esperar, no resuelven nada. No saben mediar. Además, actuar en este caso no les da dinero. Viene un niño con una pistola de agua de plástico, y, asombrosamente serio, se planta frente a uno de los agentes y le dispara; después se marcha tranquilo. Esta es la credibilidad y el respeto del cuerpo analfabeto. Mientras tanto, la secretaría de Efe, Shilpi, ya ha hablado por teléfono con varios energúmenos de las tiendas y con la policía durante horas. No acaban con el no problema ni tampoco me dejan ir. Ante esta situación tan inexplicable, que sin haber hecho nada y queriéndome retirar desde un principio no me dejan marchar y nos retienen durante varias horas, se planta Efe en el todoterreno de la policía de la embajada (un miembro del cuerpo de la Policía Nacional y otro del Centro Nacional de Inteligencia). Los tendederos, inquietos, ven que han liado un pollo considerable. Me ofrecen una botella de Sprite. Aunque ellos son mayoría, aquí las cosas se ganan a gritos, amenazas y mostrando una posición social superior. Se revierte la situación. Nos vamos y la policía de la embajada obliga a los policías indios a detener a los tres máximos responsables de la pelea.
En comisaría, escribimos esta queja, que no se formaliza porque no le da la gana al comisario jefe (que bosteza sin parar mientras le contamos lo sucedido). Como en el colegio, vienen los tres detenidos y nos piden perdón. Así se solucionan las cosas… para que la policía pueda extorsionar en el futuro a estos vendedores, amenazándoles con formalizar nuestra queja en denuncia, poniendo un sello a nuestro papel. A todo esto y ya casi por curiosidad, pedimos al cuerpo que nos deje volver al lugar y que nos ofrezca protección policial. Obviamente, eso no ocurre.
Las conclusiones son muchas: una democracia en la que sus ciudadanos no conocen los derechos y libertades; un cuerpo policial de risa, inefectivo, del que no se puede esperar nada; instinto animal de supervivencia: me quieren quitar la tienda, mi único medio de subsistencia, y reacciono atacando; inseguridad ciudadana; prevalencia del sistema de castas y de posiciones sociales; con prudencia no estás a salvo de los conflictos; bochorno por no poder resolver una situación sin poder físico; y mis brazos quemados por haber estado expuesta demasiadas horas al sol.
¿Cómo puedo culparle? A ver, no lo negaré, es un fastidio. Sobre todo porque ya me había organizado la tarde (salir de trabajar a las 18 horas, ir al mercado a comprar un par de cosas, caminar hasta mi apartamento y preparar la bolsa para el fin de semana en Calcuta). Pero es que la pregunta es, ¿tenía él algún motivo para no hacerlo? Además, me tendría que haber dado cuenta. Cuando le hice una señal para que parara a un lado del camino, tendría que haberme percatado de que no pestañeaba, de que le ofrecí un precio muy bajo y no rechistó, ni si quiera contestó; de que conducía con los ojos fijos en la carretera, pero en realidad sin recorrerla, sólo vagueando en el infinito; de que su mirada estaba totalmente perdida aunque condujera en la dirección correcta; de que aunque no cerraba los ojos su pecho casi estaba apoyado el manillar; de que no se inmutaba ante la descarga de humo de un autobús justo a su lado, ni tampoco de la nube de polvo que levantó al arrancar; de que sus movimientos eran mecánicos, borrachos, drogados… No le culpo, ni si quiera lo he hecho después de que se quedara grogui en el atasco y tuviera que darle palmadas en la cara para despertarlo del estado de trance, ni tampoco después de ponerle el dinero en el bolsillo de la camisa, mojada por el agua que le echó alguno de los conductores que se acercaron al ver este triciclo mal parado, quien sabe si por opio, mariguana o bang. No ha sido indignación lo que me ha llevado hasta casa, más bien resignación. ¿Cómo podría culparle?
Siempre me pasa lo mismo. Cuando me obligo a escribir, no me salen las palabras. Aplazo mis deberes. Alargo la espera hasta cumplir con la obligación con pasatiempos absurdos, cosas que nunca haría si no fueran la excusa para driblar una tarea pendiente. Lo más incomprensible es que son cosas impuestas por mí. En teoría, el hecho de que uno mismo escoja qué hacer y qué no, y cuándo, debería proporcionar relajación. Pero esta libertad se vuelve en angustia, siempre, en los instantes previos a saciar mi compromiso con una cruz en el calendario. La cama deshecha y yo sentada frente al portátil. A menudo echo de menos la imaginación y las ideas desordenadas, contradictorias y provocativas de la adolescencia, que me llevaban a escribir textos sin sentido pero con una sonoridad ingeniosa. Pues bien, parece que sólo alimento esta imaginación en los instantes previos a la realización de la tarea, porque se me ocurren mil y una cosas que poder hacer antes que enfrentarme a la pantalla, a mis capacidades. Temo que mi estabilidad emocional haya ido en detrimento de las ideas. La cama desecha, yo sentada frente al portátil, suena una canción cantada con voz rasgada, el ventilador levantando revistas y papeles, también sobre la cama; la taza de té vacía, se me han acabado las cosas de picar –pienso-, las bocinas de la calle a lo lejos, y me da la sensación de que me pesan las gafas, como si estuvieran hechas de plomo y las hubiera llevado durante días.
Después de unos minutos, creo que ya he superado esa angustia del pre- algo. Ya he roto el hielo. Le he perdido el respeto al teclado, a mis críticas y a las de los demás.Es el momento de cumplir con mi obligación, engañándome a mí misma y haciéndome creer que no estoy haciendo una tarea sino dejándome llevar. Ahora es una locura premeditada (con la taza llena, algo de picar, y el volumen de la música bajado al mínimo nivel).
No me lo puedo creer... This is India, part 2. Para superar la polémica, Mayawati ha vuelto hoy a hacer una aparición pública con una nueva boa en otro mítin, para decir a la India que aún la puede tener más larga -la guirnalda, no la... vergüenza, digamos vergüenza-. No me vale lo de que es un regalo. No me vale. Y menos siendo una gobernante, una representante de la ciudadanía. Qué horror, qué mal gusto. Encima refrenda su 'savoir faire'. Regocijándose, con otra guirnaldita de la que le ha hecho entrega el partido. Aunque bueno, no sé qué se puede esperar de alguien que, por norma, va por ahí aceptando regalos cuyo presupuesto viene de ir recolectando rupia por rupia de los bolsillos vacíos de Uttar. ¿Pero quién se cree que es? Y ya, fuera de abstracciones y volviendo al mundo real, ¿quién se cree que la vota?
Desde Delhi, como becaria de la agencia Efe en la corresponsalía del Sur de Asia, os envío mis sensaciones sobre lo que pasa en la zona y os cuento las aventuras en las que a diario se ve uno envuelto